Mi nombre podría ser Susana.
Soy esa clase de mujer que tiene la mala costumbre de sudar cuando hace esfuerzo físico.
De esas que, a veces, se olvida de cosas importantes y que comete el horrible crimen de no ir siempre depilada.
No suelo amanecer perfectamente maquillada, es más, a veces me despierto de muy mala hostia. Y no, no es porque tenga la regla, como muchos tienden a creer para seguir justificando esa imagen absurda de que si no es por un cambio de hormonas las mujeres no nos podemos enfadar. Lo lamento, las mujeres SENTIMOS.
Puedo ser insegura y dulce y cruel y divertida y canalla y sexy y relajada y hasta feliz. Y lo peor, es que me siento orgullosa de mis contradicciones.
Te contaré un secreto: yo también «defeco».
No tengo la capacidad de la omnipotencia, a pesar de lo mucho que me puedo llegar a esforzar para cumplir con los estereotipos de un mundo que desvirtúa la imagen de la mujer.
Como al menos 3 veces al día, no sé vivir del aire y mi talla, desde luego, supera la 36.
Aunque a veces tengo hijos, otras decido no tenerlos. ¿Y qué si se me pasa el arroz? Es mi arroz y hago con él lo que quiero.
Puedo ser sensual sin necesidad de unos tacones. O llevarlos si yo lo decido.
Mi belleza es naturalmente imperfecta y /así es como debe ser./porque salgo al mundo sin filtros de photoshop.
Lo confieso, sólo soy una mujer de carne y hueso (lo demás son sucedáneos).
Muchas gracias a Elvira Toro por el texto